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Mirto y laurel
Huertos del mirto y el laurel.
Fuentes que brotan en bermejas espumas.
Mas veo cielos de estrellas soñolientas,
y hay un frío azul entre los cristales.
El fuego rezonga en la chimenea;
crujen los leños, el cruel pálpito de las llamas,
con sus uñas de sangre y de oro
desgarrando el rudo velo de los bosques.
Un semblante plomizo entre la bruma;
la soledad de la aurora, la mudez del rocío,
se detienen sobre los extraños ruiseñores, ajenos.
A lo lejos urge la tormenta, y un relámpago
que brilla como en mi corazón, lento, amargo;
amo del cielo y de la tierra; amante
y amado por los agrios
y solemnes olimpos del hombre,
en estos parajes lejanos y melancólicos.
Tierras erizadas de nubes en vicio; beberán
los hoscos bosques
la sombría tempestad en los cielos.
Ah, comarca de la frialdad, perpetuo el invierno.
Pero es la fuente, purpúrea de vid,
con aroma y recuerdo de melosos vinares,
en el hueco mediterráneo de las manos
de una afrodisíaca mujer y amante,
la que pulsa y acaricia
los latinos gustos de mi lengua.
Y entonces el sol se me asoma
en el susurro nostálgico del paladar.
Mi corazón bañado en el ámbar;
ya está caliente,
cual las tierras gratas en el cálido crepúsculo
de su templado reloj;
allá, con mis ríos de arenas arduas.
Quedan, pues, los espíritus de las palabras;
en cuyas sienes de mirto y de laurel
derramar quiero
a las tibias patrias que corren por mi sangre.
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